Fue
la Escuela Crítica de Frankfurt, a través de dos de sus máximos exponentes, Adorno y Horkheimer, quienes utilizaron
por primera vez la categoría de “industrias culturales”, con la cual definieron
la mercantilización de la cultura, es decir la producción en serie y la
estandarización de productos simbólicos, y por ende su masificación.
En
esta categoría hoy por hoy se incluyen las producciones musicales, literarias,
pictóricas, teatrales, cinematográficas, folclóricas, las ferias y las
industrias mediáticas como la radio, la televisión y la prensa, por citar
algunos de esos bienes simbólicos que hoy son campo de estudio de la
comunicación, primero, porque son transmisores de ideologías, porque a través
de ellos se pueden describir múltiples formas de expresión de una población,
entre muchas opciones de investigación.
Si
bien la teoría crítica ha sido señalada de ser extremista y negativa, es un
referente contextual y académico para comprender las dinámicas de comunicación
inmersas en las industrias culturales, en los símbolos culturales, más allá de
que sea o no un “mecanismo de manipulación”, término muy usado por los
exponentes de la Escuela de Frankfurt,
que le otorgan de este modo un matiz político e ideológico al asunto.
Y
Disney no se aleja de esta afirmación, alrededor de esta industria se ha creado
todo un universo de princesas y príncipes que perpetúan una serie de ideologías
y creencias sobre las que se sustentan muchas de las acciones que ahora
realizamos sin siquiera pensar, aquí entraría la idea de la “anestesia de la razón”. También
encontraríamos que Disney juega con la adaptación estereotipada de producciones
y estéticas artísticas, lo que vendría a ser que todo es igual, todas las historias
son las mismas, la forma de presentar a los personajes también, incluso los
mismos personajes. Un ejemplo de todo lo contado a lo largo del párrafo serían
los roles de género presentados en todas y cada una de las películas Disney (al
menos hasta hace 10 años y con alguna excepción anterior). La mujer en la
industria Disney ha sido siempre la parte débil, una persona que necesita ser
salvada de absolutamente todo lo que estaba a su alrededor, una persona que
dependía de la gente que estaba junto a ella y siempre relegada a las tareas
del hogar. El hombre, el salvador, aquel
que conseguía a la princesa por salvarla, gracias a su valor y su fuerza.
Podemos ver como todo este tipo de películas mantenían la idea del patriarcado, no hay más que ver Blancanieves (1935) o La Bella
Durmiente (1996) que ha sido la ideología
hegemónica hasta hace solamente 10 años.
Aunque
de primeras parezcan únicamente películas infantiles, guardan unos mensajes que
hacen mella en los consumidores, que cada vez son más iguales (estandarización
del público).
En
la gran mayoría de estas historias existe una dominación de un personaje sobre
otro, esta dominación, en su mayor parte, se debe a un dominio de tipo intelectual y moral, como es el caso de Gastón y
Lefou, en el que este primero somete a su vasallo alegando una superioridad
tanto física, como intelectual y, aunque poco relevante- estética. Este tipo de
dominación también la vemos en Hércules
(1996) y además de la misma manera, solo que esta vez son Hades- el amo- y
Pánico y Dolor- los dominados.
Los
métodos de escape de la realidad están en auge: más videojuegos, más películas,
más series, más opciones de entretenimiento. Los moldes tan simplificados para
etiquetar sociedades y culturas completas se producen día a día por esta
inmensa fábrica de información.



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